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CLAUDIO HERNÁNDEZ ADELANTA EL PRIMER CAPÍTULO

LA MASÍA DE PILI

1

La muerte formaba parte de su vida y ella, se llamaba Pili.

—Lo cogí de las manos y lo atraje hacia mí. No pesaba nada. No opuso resistencia y su risa brillaba en su cara. Sus ojos castaños estaban iluminados de paz. Era como tenerlo de nuevo en casa. Era como si nada de todo este asunto hubiera sucedido nunca.

Pili, a sus treinta y tres años, estaba agarrotada en el sillón de la consulta del psiquiatra. Él, la miraba con los ojos clavados en su rostro. Sus muecas. Sus rasgos. En busca de un ápice de cordura, que no encontraba.

—¿Lo ves siempre?

—Sí. Por supuesto. ¿Es algo extraño?

Carlos, el comecocos, frunció el ceño a la vez que sacudía la cabeza y con la barbilla apoyada en su mano derecha, dijo:

—Realmente si lo es, Pili. Tu padre ya no está entre nosotros. Lo puedes tener en tu vida, pero solo en tu corazón o en tus recuerdos.

Se levantó del sillón sin hacer ruido.

Pili lo siguió con una mirada oscura.

El hombre ataviado con una bata blanca desabrochada porque era verano y el puñetero aire acondicionado no funcionaba, bordeó la mesa y se encaminó hacia un el cristal de la ventana que habitaba a su izquierda. La señaló y antes de que dijera algo, ella preguntó algo.

—¿Ya ha acabado la sesión?

—No. Acaba de empezar. Levántate y ven aquí. Quiero mostrarte una cosa que te hará reflexionar.

El psiquiatra sacó unas flores secas de un florero con agua amarillenta, turbia y pestilente. Los mosquitos nadaban y fraguaban en su interior.

—No me convencerá de nada —aseguró ella mientras se levantaba quejumbrosamente como si sus huesos tuvieran más de setenta años. Caminó hacia él taconeando.

—Ponte delante de la ventana.

—¿Aquí?

—Sí.

Él estaba detrás de ella con la jarra sujetada en la mano derecha que se alzaba como el aspa de un molino.

—¿Y ahora qué?

—¿Que ves?

—La calle a través del cristal. El sol cayendo a plomo y unos perturbados caminando alrededor del puente.

—Ahora si es cierto, pero ¿que ves ahora?

El hombre de la bata volcó el agua en el cristal. Ésta caía como lágrimas, mezclada con agua de una lluvia torrencial. La imagen se distorsionó. El cristal parecía haber cobrado vida.

—Veo turbio. No veo bien ni el sol, ni la gente. Y da gracias a que no he dado un salto.

—Exacto. Eso es tu padre ahora. Una imagen turbia. Algo del pasado, porque no lo ves claro. Es una realidad distorsionada. Eso es lo que ves. Nosotros le llamamos delirio distorsionado. No existe. Una parte fue real, lo es, y la mayor parte de lo que ves turbio, no existe.

Pili se giró sobre sus tacones. La punta de su nariz rozó la del psiquiatra. Éste llevaba gafas broncíneas. Su cabello era moreno. Alborotado. Pili era de una estatura alta, pero él también. Sintió el regustillo empalagoso del aire que dejaba escapar él por su boca que parecía tener una cremallera cerrada.

—Mi padre es una realidad —afirmó. Sus ojos profundizaron en un pozo sin límites. Se sintió algo incomoda y añadió—. Usted es el que no ve la realidad de las cosas. Estudian carreras para ofuscar a la gente. Para distorsionar su realidad. Para engañarlos y atiborrarlos de pastillas, que, oh, sí, éstas sin te hacen ver cosas muy extrañas. Está usted loco. ¿Me quiere dejar pasar?

La mano de él estaba ahora apoyada en el marco de la ventana. La jarra vacía, pero goteando sus últimos suspiros estaba sobre un armario de cajones blancuzcos. Se apartó lenta y oficiosamente.

—Sí, claro. Lo siento.

—Gracias.

Ella lo rodeó con sus brazos inertes, es decir, con aquellos que solo un escritor llegó a imaginar cómo una serie de tentáculos que no se podían describir. Algo que no existía. Y se encaminó hacia la silla donde la esperaba su bolso con la boca abierta. Una garganta profunda y oscura. Recogió su teléfono móvil que estaba sobre la mesa y corrió hacia la puerta. Su mano extendida y agazapada en la manivela.

—Su próxima cita será el jueves que viene. A las seis de la tarde.

Ella meneó la cabeza en sentido de nones.

—Mi padre me advierte de que no venga más aquí. Así que no me espere.

Abrió la puerta y esta se cerró cuando sus hombros dibujaron dos líneas invisibles debajo del marco. Y el repicar de la misma hizo eco en el consultorio.

Pedro, su padre, había muerto tras caer por un barranco en la casa de Bonmati. Veinte años atrás. Pero ahora, estaba vivo.

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